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José Manuel García Rupérez
¡Tantos libros editados al año, y tan pocos lectores! Estamos de acuerdo en que hay otras formas lúdicas de pasar el rato, pero el libro jamás dejará de imprimirse ni de expandirse, a partir de ahora, a través de Internet. Es lo que deseamos los galeotes del arte de leer, quienes estamos condenados a perpetuidad, venturosamente, a practicar dicho arte. La prueba está en esa ingente cantidad de libros impresos, manuales, libros de divulgación, novelas, ensayos, etc, que todos los años superan, en España, la cifra de cincuenta mil. Necesitamos que alguien ponga por escrito sus ideas, sus fantasías, los temores que nos agobian a todos, las filias y fobias más apasionantes de la imaginación y del ingenio, etc. para que los demás podamos disfrutar de ese mundo mágico en el que nos sumergen.
Se suele decir que el escritor tiene ese don de la observación, que filtra detalles que normalmente pasan desapercibidos al resto de los mortales, y que después, gracias a la técnica de la escritura, el autor nos expresa de forma extraña o poética lo que ha recibido su retina y ha fraguado en su cerebro, dándolo a conocer en forma de lírica, de narración, de pensamiento elaborado o de acción en un escenario. Los amantes de la lectura disfrutamos con esa condena a la que aludía un poco más arriba, pues merced a esta noble afición nuestros ojos interiores descubren paisajes, se encuentran con nuevos e increíbles personajes, en situaciones que no son frecuentes en nuestro entorno, pero sí en el mundo fantástico del papel, esto es, el aficionado y casi profesional lector se ha convertido en remero que circunda las aguas, al mismo tiempo que navega con frenesí por el mar que le ofrece el escritor. Quienes no se han enganchado todavía a este trote tan apasionado y alucinante no saben lo que es el placer intelectual del descubrimiento de nuevos mundos de los que no se había oído hablar. A mediados del siglo XV, un impresor de Maguncia, Johannes Gutenberg perfeccionó la técnica de la composición de textos por medio de sus tipos móviles metálicos, lo que le permitió el nacimiento y difusión del libro moderno. A partir de esa época, la Humanidad está de enhorabuena, pues se le ofrece el motivo para ilustrarse e, incluso, para divertirse a través de la lectura de lo impreso. No obstante, mucha gente rechaza esta actividad, que no sólo forma, sino que también entretiene y edifica en el interior de la persona un baluarte contra la ignorancia y la memez de la que algunos hacen gala. Desde los clásicos a los modernos, sin dejar a un lado a los contemporáneos, el lector tiene a su alcance un abanico de posibilidades que ya le gustaría poseer a Francisco de Quevedo, pues entre sus insólitas costumbres, se dice de él, se encontraba la de llevar consigo en los numerosas viajes que hacía, una maleta llena de libros de todo tipo, los cuales leía incluso mientras masticaba sus alimentos durante las comidas. ¡Si hubiera tenido un libro electrónico don Francisco!
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José Manuel García Rupérez
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