Presunto Fuego Lento


José Manuel García Rupérez
           El día cuatro de mayo del presente año, tuve la ocasión de ver representada en el multifuncional de Miranda la zarzuela dedicada a San Juan del Monte.
 
          Me impresionó el ensamblaje tan sutil que es posible lograr con la música y la letra: el canto de sus serenatas, la música propia de las verbenas de antaño, el coro grupal de hombres por un lado y el de las mujeres por otro, sin olvidar el canto un poco “piripi” de los “estrafalarios” (Corro, Veneno y Jauja), quienes nos hicieron reír con sus fantasías y disparates.
 
            A través de múltiples y variopintos personajes que aparecen en la zarzuela, vemos reflejada la sociedad de tiempos pasados. Por una parte, los ricos y hacendados, bien vestidos y elegantes, dominantes de la situación (D.Hilario, D. Patricio y, en parte, Serafín); la Iglesia, representada por D. Perfecto, al que se va inculcando el sentir de la fiesta de San Juan del Monte en Miranda: diversión, espiritualidad, humor, fraternidad, hospitalidad...; y el pueblo llano, el más representativo y abundante en la obra:  los niños que van acostumbrándose poco a poco al sentido y a la liturgia de la fiesta,  así como a sus lugares más señalados; muchachas y muchachos que están en la edad de merecer, y dentro de ellos, los enamorados ( Manolo y Lolita), quienes con sus  dúos y rondas intentan  demostrar públicamente su amor. Sus elegantes y bien timbradas voces nos hicieron disfrutar del buen canto; los adultos, menos fogosos y, aunque participan, son más bien los presentadores y espectadores de la fiesta, tan necesarios como el resto, en una actividad tan popular, como es nuestra Romería de San Juan del Monte.
 
            En la zarzuela también aparecen pinceladas certeras de los personificaciones individuales que siempre destacan en todas las descripciones costumbristas: la churrera, la florista ambulante, la caramelera, el camarero, el poeta que declama sus versos en La Laguna, y sobre todo un personaje muy característico de la sociedad mirandesa, “Saladillas”, constante, en otros tiempos, en todas las esquinas y plazas de la ciudad, vendiendo sus productos tan populares y exquisitos.
 
          Me gustaría hacer mención especial, por la naturalidad de su interpretación, al papel de Angelín, que refleja el ligón de la época de quien se burlan las inteligentes jovencitas al querer aquél ser novia de todas y de ninguna. Al final, Angelín y Chulapón, otro chuleta del momento, se convierten en unos pobres hombres a los que nadie hace caso.
 
          Otro personaje divertido, y muy bien interpretado, es Carlos Cárcamo que recrea  al individuo del que se burlan hasta los chiquillos, pues nadie lo teme, dado su  ser bondadoso e ingenuo.
 
          No pueden faltar los cofrades que simbolizan la seriedad de la fiesta así como su entusiasmo y defensa de la misma. Son los protectores y portadores del Santo, sus guardianes, los que hacen que la fiesta esté bien organizada y tenga buen final, los que mantienen la antorcha sanjuanera.
         
          Tiene especial relevancia la orquesta que, desde la oscuridad, difunde sus acordes y llena el ambiente de casi toda la zarzuela: entradas, fuertes, suaves, acompañamientos tenues al unísono con las voces de los artistas individuales y de los coros. Fue extraordinaria su mágica interpretación de las canciones, algunas de las cuales  ya nos van sonando desde niños.
 
            Los coros mixtos pusieron ese acorde final a los dos actos, además de intervenciones puntuales (Juanita y coro de señoritas) que dan colorido a la actuación juntamente con los que danzan las jotas al ritmo provocado por las dulzainas. Nota elegante fue, para mi gusto, la actuación del coro de voces blancas, bien afinadas y resueltas. Vamos, ¡ni los ángeles! ¡Y qué decir del trío (Inés, Altami y Toñi) que  en la gruta del Santo interpretó canciones suaves que invitaban al recogimiento, al mismo tempo que el órgano difuminaba el sonido que nos trasportó a todos los presentes a la Ermita de San Juan.
 
            Podríamos estar aquí sin parar de escribir sobre todo lo que se puede observar en la realización de una obra del género ligero como la que nos ocupa. Ha sido, con toda seguridad, un tiempo precioso dedicado con generosidad a un  proyecto cultural que nos honra a todos, pero especialmente a quienes tuvieron y han tenido fe en una aspiración tan sublime: D. Dioniso Diez, gran maestro y director de música,  que puso en marcha esta obra, a quien todos seguimos admirando aunque se haya ido (pero quedan sus múltiples creaciones), el letrista de esta zarzuela, D. Tomás Nozal, y el creador de la misma, D. Basilio Miranda.
 
           Varias entidades e infinidad de personas han colaborado en este enorme proyecto que ha sido producido por la Cofradía de San Juan del Monte, y patrocinado por el Ayuntamiento de Miranda y Nuclenor. En él han realizado una enorme tarea directores, codirectores, diseñadores, peluquería, decoradores, coreógrafos, vestuario, sonido, técnicos, y un largo etc. Han sabido materializarlo y decirlo   con  música, sin dejar a un lado el arte que siempre simbolizará la palabra hablada. Para ello, han construido  un inmenso escenario que, junto con los efectos de luz y sonido, ha sido el púlpito desde el que se proyectan las ideas y sentimientos de un pueblo que sabe declarar al resto del mundo que su fiesta de San Juan del Monte es lo más íntimo y emblemático en sus relaciones humanas.
           
           
 
 
        
         
 

           
 
 
            
 

          
         
 
            
 
          
           
     

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José Manuel García Rupérez
          El profesor entró en clase llevando en sus manos una especie de sábana que había formado con diversos folios blancos. Pidió ayuda a dos alumnos para que le sujetaran la sábana blanca mientras él la clavaba con chinchetas en los extremos del tablero. Todos contemplaban con expectación lo que estaba haciendo el profesor, pues esto no ocurría todos los días. ¿Qué mosca le habría picado al profesor que traía tan extravagante artilugio?  A lo mejor quería proyectar una película  sobre algún tema de clase.
 
          “Fulano, déjame un rotulador negro, por favor.” El `profe, a continuación, pintó un punto negro sobre la sábana de papel. “¿Qué veis?”- preguntó a la clase. “Un punto negro”- respondió un alumno de la primera fila. “Muy bien”. El profe pintó otro punto negro, cerca del anterior y un poco mayor. “¿Y ahora?”-preguntó. “Dos puntos negros”- respondieron varios alumnos. “¡Perfecto!” El profesor siguió pintando puntos cada vez mayores, a una distancia de diez centímetros del primero y formando con ellos un círculo. “¿Qué más se puede ver?”... “Pues más puntos negros”. “¿Nada más?”- insistió el profesor. “Yo creo que representan estrellitas que están en el cielo”- expuso un alumno de la última fila. “Bueno, puede ser. Por fin comenzamos a utilizar la imaginación. Menos mal. Pero, ¿ninguno de vosotros aprecia algo más?” Silencio total. El profe esperó unos segundos. “¿Sólo hay puntos negros?”... Sin respuesta. Un ángel, dos o mejor tres pasaron por el aula que estaba sumida en los más profundos pensamientos. No llegaban a comprender lo que aquel educador deseaba comunicarles encarecidamente. “¿Y el blanco de la sábana, no lo veis?”-finalizó un tanto entristecido el profesor.

           ¡Cuántas veces nos ocurre que sólo apreciamos los defectos ajenos –esos puntos negros- y no llegamos a ver -ceguera total- los valores, las cualidades que todo el mundo tiene, incluso los más despiadados e insolentes. Arrastramos esa tara de la envidia, cual filtro que exclusivamente aprecia los puntos negros de nuestra historieta y rechaza automáticamente el resto de color blanco que también es consustancial a la persona.
 
          Posiblemente, demostremos con esta actitud negativa nuestra ignorancia de la bondad ajena y de los méritos de los demás. El odio sería otro de los venenos que enturbia nuestra mirada y ve en el “próximo” a nosotros los más descabellados defectos agrandados por nuestra imaginación.
 
          Si reaccionamos así, demostramos nuestra condición de miserables, incapaces de cambiar nuestra visión de la realidad y nos convertimos en necios dogmáticos al juzgar al resto de los pueblos o de los vecinos por los tópicos que han llegado a nuestros oídos.
 
          No se puede apagar esta lumbre echando leña y leña sobre la misma. Sólo extinguiremos este fuego el día que consideremos que los demás son tan dignos de elogio como podríamos serlo nosotros, a pesar de los defectos y múltiples carencias.
 

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