Presunto Fuego Lento


José Manuel García Rupérez
             En Miranda, desde hace años, se celebran con gran alegría y participación los festejos del Carnaval. Niños y mayores desfilan por las calles con los más variopintos disfraces, que demuestran el ingenio e  imaginación de quienes los llevan, así como el carácter satírico que representan.
 
            Con la palabra Carnaval intentamos designar las fiestas, mascaradas y desfiles que tienen lugar en la época que precede a la Cuaresma. Este vocablo, Carnaval, se deriva del italiano "carnevale", que a su vez se formó del latín "carne levare", giro que significa "quitar, suprimir la carne." De esta manera se explica la costumbre, hoy olvidada, de hacer desaparecer, quemándola, toda huella de carne o de grasa.
 
            Las fiestas de Carnaval existen, bajo formas muy variadas, desde la más remota antigüedad en los países europeos y en los del Oriente Medio. En ellas se celebraba en otros tiempos, con la llegada de la primavera, la vuelta del calor y de la abundancia. Esta significación aparece hoy en varios países de Europa, sobre todo del centro, en los que los niños lanzan al río un muñeco deforme, hecho de paja y trapos, y lo arrojan a las aguas que se han liberado de los hielos invernales. Con este gesto, ponen al invierno fuera de lugar, indicando con ello la venida del buen tiempo.
 
            Por otro lado, el tema de la abundancia en las fiestas que nos ocupan se encuentra en todas las civilizaciones de Europa y de Oriente. Los romanos honraban a la diosa Ceres, símbolo de la fecundidad, y le ofrecían los primeros frutos de la tierra una vez llegada la primavera. En Egipto los faraones promocionaban la fiesta del dios toro Apis. Los judíos celebraban en la misma época sus festines y cortejos, a la cabeza de los cuales siempre iba un buey especialmente engordado. La costumbre de hacer desfiles fue tomada por los cristianos en la Edad Media.
 
            Desde sus orígenes, las fiestas de Carnaval han expresado un profundo sentimiento de liberación. En efecto, el largo "cautiverio" de los hombres, de los animales y de las plantas que provocaba el invierno estaba considerado primitivamente como la toma del espíritu del mal sobre la tierra; sin embargo, la primavera traía el triunfo de la luz y del espíritu del bien. Los desfiles, los bailes de máscaras y los cantos de Carnaval traducen, por tanto, la alegría de la libertad que se vuelve a encontrar. Así, entre los romanos, en sus Lupercales, celebradas en honor del dios Lupercus el día 15 de febrero, los esclavos podían, por un día, vestirse y actuar como sus amos.
 
            Desde siempre, en esta ocasión excepcional provocada por el Carnaval, todo el mundo se mezcla bajo el velo de las máscaras. Esta libertad llevaba, a veces, a los peores excesos: muertes, abusos, etc. La Iglesia condenó en varias ocasiones las fiestas de Carnaval, pero fue en vano. Sin embargo, a lo largo de los siglos, la duración del Carnaval se redujo.
 
            En el período romántico del siglo XIX se mantienen en todo su esplendor los carnavales de Venecia, Roma y Colonia. Hoy, el Carnaval ha perdido su significación profunda. En ciertas ciudades, no obstante, se ha conservado esta tradición que atrae a numerosos turistas.

            Durante el Carnaval la imaginación se dispara. Todos los participantes intentan lucir el disfraz más llamativo y original posible. Uno se encuentra con almirantes, marqueses, príncipes, princesas, reinas, toreros, cosacos... Y todo alrededor del baile brasileño de la samba como música más popular. El talento, la fantasía y el buen humor nos hacen disfrutar a todos y nos liberan de las tensiones acumuladas durante el largo invierno. 

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José Manuel García Rupérez
            La Mitología griega ya nos avisa de un tipo de maldad que brota en el alma de los impulsivos. La impulsividad, según los expertos, nace, en muchas ocasiones, de su madre la ira. Esto se muestra de forma plástica en una fábula de Esopo que, resumida, dice así: Un hombre sentía gran rencor contra un zorro que le causaba grandes perjuicios. El día que tuvo ocasión de capturarlo, deseó vengarse con dureza: le ató a la cola una estopa empapada en aceite a la que prendió fuego. Pero un dios guió al zorro hacia los campos de trigo que pertenecían al que le había castigado de esa forma tan cruel. Curiosamente, era la época de la siega, y al hombre no le quedó más remedio que ir detrás del zorro llorando y lamentándose, pues toda la cosecha había sido destruida por el fuego que él mismo había prendido en la cola del animal. Esopo termina su escrito aconsejándonos que seamos tolerantes y que no nos dejemos arrastrar por la ira, pues a menudo ésta acarrea graves daños a aquellos que no llegan a dominarla.
           
          ¿Habrán  leído algunos de los dirigentes que se creen con el poder de la fuerza – me viene a la mente lo que está ocurriendo en Siria- esta fábula del escritor griego? ¿Quién de los dos tiene razón: el hombre o el zorro? ¿Volveremos a contemplar de nuevo el espectáculo de una guerra en la que no paran de morir inocentes? En estos asuntos, y prácticamente en todos los problemas, el diálogo es básico. Se trata de convencer, no de vencer. Hemos avanzado mucho en la sofisticación  del armamento, pero la comunicación entre las culturas y los pueblos ha vuelto a la edad de piedra. Parece que no interesa el acuerdo, sino poner en práctica cualquier tipo de estrategia. Se está fomentando en ambos bandos el encumbramiento del no, como en una venganza placentera en la que hay más satisfacción en la negativa que en el convenio. ¿Para qué llegar a las armas, si al final termina todo el asunto en “tratados de paz”?
           
           Seguimos siendo lobos enfrentados a otros lobos. ¿No se sentirán ofendidos los lobos al verse comparados con los humanos? ¡Qué fácil es legalizar los combates bélicos! Y se hace con una alegría tal, que quita el hipo a todos los filósofos que en el mundo son y han sido. Ya no podríamos hablar de ira sino de maldad fría y calculada al estilo del Príncipe de Maquiavelo. Ya se han perdido los escrúpulos en la dialéctica por la conquista del poder. Todo está permitido. El fin justifica los medios.
           
          Señores poderosos de la guerra actual y tan nuestra, reflexionen un poco antes de apretar el gatillo, no sea que la bala les salga por la culata, y así actualicemos el final de la fábula citada más arriba. 

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