|
José Manuel García Rupérez
Él no suponía que nevara tanto por aquellos lugares del sur de Francia. Paró el coche y consultó en su mapa. Las estribaciones del Macizo Central terminaban justamente en la colina que pretendía subir con el destartalado "doscaballos". La compañía inglesa Evans Ltd. le había proporcionado el mencionado vehículo para poder realizar las ventas de productos de perfumería. Era la primera vez que trabajaba en algo así. El no entendía nada de cosmética, pero debía buscar un medio de subsistencia. Sus años de estudiante universitario habían terminado. El bolsillo permanecía vacío y no tenía más remedio que trabajar en cualquier cosa, si deseaba permanecer otro año en Francia. Le habían encargado visitar la parte norte de la región Midi-Pyrénées. Ya había estado con la mayoría de los comerciantes de Villefranche, Cahors y Rodez. Ahora se proponía recorrer los pueblecitos y aldeas del departamento de Aveyron.
En Francia llueve mucho, y cuando el invierno aprieta, las heladas y las nieves hacen en seguida su aparición. Diciembre había gastado sus dos primeras semanas. El frío inundaba las ciudades. Era final de año y los copos de nieve sembraban de blanco los alcores cercanos. Ernesto, después de haber recorrido las principales ciudades de la región, tenía el propósito de llegar a difundir propaganda por donde posiblemente ningún representante lo hubiera hecho hasta entonces. La nieve caía pausadamente. El coche avanzaba con dificultad. Volvió a parar y a mirar el mapa: se encontraba perdido. Por aquella zona no había más que granjas y casas dispersas. Comenzó a sentir el temor a lo desconocido. Pronto anochecería y no podía permitirse el lujo de pasar la noche en su "doscaballos". Recogió el muestrario, su documentación, el abrigo, la bufanda y los guantes. Se encaminó hacia la casa más cercana. No se atrevía a llamar. Un perro salió a su encuentro, aunque no muy cortésmente. Por fin, golpeó con los nudillos. Una anciana le abrió la puerta. - ¿Qué desea usted? - ¡Buenas tardes, señora! Ya perdonará la molestia, pero es que he tenido que dejar el coche en la cuneta a causa de la nieve. Ya ve el tiempo que hace. Por eso me he dirigido a esta casa por ver si me pueden ayudar hasta que se suavice el temporal... - Pase, pase. No se quede ahí: se va a poner como una sopa. - Muy agradecido, señora. - Mi marido no tardará. Ha ido a dar de comer a los animales. Gracias a ellos nos alimentamos, ya que hace mucho tiempo que no bajamos a la ciudad. Aquí tenemos de todo: tranquilidad, alimentos naturales, y buen fuego, sobre todo ahora, en invierno. La pareja de ancianos invitó de buen grado al representante de perfumes. Le ofrecieron cena y calor de hogar. Le propusieron, incluso, que se quedara a pasar la noche bajo su techo. Como la nieve continuaba cayendo, Ernesto aceptó y pasó, bajo un enorme edredón de plumas hecho por la dueña de la casa, una noche magnífica. Al día siguiente el tiempo mejoró de tal forma que Ernesto pudo arrancar el coche y seguir su ruta prevista. Pero antes de hacerlo agradeció a la pareja de ancianos su hospitalidad e intentó pagarles por su estancia, pero ellos lo rechazaron. Durante el viaje recuerda que no se pudo afeitar porque los ancianos que le dieron cobijo no tenían espejo ni en el cuarto de baño ni en el resto de la casa. Para agradecerles su gesto tan desinteresado, decidió que nada más llegar a Toulouse les enviaría un hermoso espejo. A los pocos días el cartero llevó a la casa de los abuelitos el regalo enviado por Ernesto. Aurelio, que así se llamaba el anciano, abrió el paquete en ausencia de su esposa. Aurelio saca el espejo y, mirándolo, dice: - ¡Caray! ¡Es el retrato de mi padre! ¿De dónde vendrá? En fin, no intentemos comprenderlo. Voy a esconderlo rápidamente, pues, tú no te acuerdas, papá, pero ella no te quería ni ver. Prefiero no contrariarla. Aurelio subió el espejo al desván y lo escondió en un lugar difícil de encontrar. Sin embargo, subía al granero todos los días, y mirando fijamente el espejo creía ver el retrato de su padre. Ernestina, su esposa, que se dio cuenta de que su marido tramaba algo a escondidas, intrigada, subió un día al desván, aprovechando que Aurelio había ido a hablar con unos parientes que vivían en una granja cercana. - ¿Qué vendrá a hacer aquí todos los días? - se preguntaba Ernestina intentando resolver el enigma del desván. Ernestina comenzó a curiosear entre los viejos muebles hasta que encontró el espejo. Entonces lo miró fijamente y exclamó: - ¡Dios mío! ¡Es una mujer! El muy pillín... A su edad... Se volvió a fijar con más detenimiento. - Bueno. Da igual. No le va a servir de nada: ella es horriblemente fea.
Comentarios
|
José Manuel García Rupérez
Secciones
Archivo
Recent posts
¡FIESTA!
16/05/2013
VIRTUOSOS
08/05/2013
ETERNA JUVENTUD
05/05/2013
IMPORTANTES
01/05/2013
LEER O NO LEER
26/04/2013
TALANTE
12/04/2013
RECICLAJE
06/04/2013
EDUCACIÓN PARA LA CIUDADANÍA
04/04/2013
CREATIVIDAD
28/03/2013
DESEQUILIBRIOS
06/03/2013
|

