Presunto Fuego Lento

José Manuel García Rupérez
          El profesor entró en clase llevando en sus manos una especie de sábana que había formado con diversos folios blancos. Pidió ayuda a dos alumnos para que le sujetaran la sábana blanca mientras él la clavaba con chinchetas en los extremos del tablero. Todos contemplaban con expectación lo que estaba haciendo el profesor, pues esto no ocurría todos los días. ¿Qué mosca le habría picado al profesor que traía tan extravagante artilugio?  A lo mejor quería proyectar una película  sobre algún tema de clase.
 
          “Fulano, déjame un rotulador negro, por favor.” El `profe, a continuación, pintó un punto negro sobre la sábana de papel. “¿Qué veis?”- preguntó a la clase. “Un punto negro”- respondió un alumno de la primera fila. “Muy bien”. El profe pintó otro punto negro, cerca del anterior y un poco mayor. “¿Y ahora?”-preguntó. “Dos puntos negros”- respondieron varios alumnos. “¡Perfecto!” El profesor siguió pintando puntos cada vez mayores, a una distancia de diez centímetros del primero y formando con ellos un círculo. “¿Qué más se puede ver?”... “Pues más puntos negros”. “¿Nada más?”- insistió el profesor. “Yo creo que representan estrellitas que están en el cielo”- expuso un alumno de la última fila. “Bueno, puede ser. Por fin comenzamos a utilizar la imaginación. Menos mal. Pero, ¿ninguno de vosotros aprecia algo más?” Silencio total. El profe esperó unos segundos. “¿Sólo hay puntos negros?”... Sin respuesta. Un ángel, dos o mejor tres pasaron por el aula que estaba sumida en los más profundos pensamientos. No llegaban a comprender lo que aquel educador deseaba comunicarles encarecidamente. “¿Y el blanco de la sábana, no lo veis?”-finalizó un tanto entristecido el profesor.

           ¡Cuántas veces nos ocurre que sólo apreciamos los defectos ajenos –esos puntos negros- y no llegamos a ver -ceguera total- los valores, las cualidades que todo el mundo tiene, incluso los más despiadados e insolentes. Arrastramos esa tara de la envidia, cual filtro que exclusivamente aprecia los puntos negros de nuestra historieta y rechaza automáticamente el resto de color blanco que también es consustancial a la persona.
 
          Posiblemente, demostremos con esta actitud negativa nuestra ignorancia de la bondad ajena y de los méritos de los demás. El odio sería otro de los venenos que enturbia nuestra mirada y ve en el “próximo” a nosotros los más descabellados defectos agrandados por nuestra imaginación.
 
          Si reaccionamos así, demostramos nuestra condición de miserables, incapaces de cambiar nuestra visión de la realidad y nos convertimos en necios dogmáticos al juzgar al resto de los pueblos o de los vecinos por los tópicos que han llegado a nuestros oídos.
 
          No se puede apagar esta lumbre echando leña y leña sobre la misma. Sólo extinguiremos este fuego el día que consideremos que los demás son tan dignos de elogio como podríamos serlo nosotros, a pesar de los defectos y múltiples carencias.
 

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