Presunto Fuego Lento

José Manuel García Rupérez
No sé cómo sería el mundo de nuestros abuelos, aunque lo intuyo, pero me los imagino preocupados por lo que leerían en “los papeles” de la época: Guerra en Europa, el hundimiento del Titanic, la guerra de Cuba, los conflictos con Marruecos, la Guerra Civil,... ¡Cuánto horror diario! Si ahora levantaran la cabeza de su eterno descanso, volverían otra vez a acostarse asombrados por tanta noticia infame, dolorosa, humillante, espeluznante.
 
Con bastante probabilidad, ellos carecerían de tanta información como la que nosotros tenemos al segundo. No por ello el sufrimiento sería menor; a lo mejor era más sentido, compartido y duradero. Hoy, nos parecen rutinarias las informaciones que hablan de muertes, accidentes, de enfermedades incurables, de numerosos conflictos bélicos, irresolubles algunos de ellos después de  más de cincuenta años de enfrentamientos por un pedazo de tierra donde sembrar su futuro y el de sus hijos... Ustedes saben a qué me estoy refiriendo. 
 
Si lo relacionamos con nuestros ancestros, nosotros tenemos la gran “desventaja” de vivir la muerte de otros casi en directo, la visión caótica de una desgracia... Es decir, añadimos, con lo inmediato, más sufrimiento al posible problema personal que cada día arrastramos con sus huesos ruidosos y escalofriantes. Perdonen la digresión literaria. Nos hemos convertido en seres insensibles, anodinos, apáticos ante tanta miseria humana: crueldad, violencia, humillaciones, homicidios, suicidios con repercusión en matanzas.
 
 Si apagáramos la tele, la radio, o cualquier otro medio a través del cual conectamos con el mundo, nuestra mente descansaría de tanta imagen nefasta, dolorosa, sangrienta y, en definitiva, humillante para la humanidad. ¡Humanidad! ¡Qué significante más curioso! Tanta incompetencia, sinsabores varios, que aumentan la adrenalina del sujeto al oír, ver, contemplar lo que ocurre a nuestro alrededor o que filtramos a través de la tele.
 
Este mundo que creemos que está bien hecho, nos defrauda, nos humilla, nos acompleja demasiadas veces. ¿Qué podemos hacer para cambiarlo? ¿Llegaremos a la conclusión pesimista de Baroja cuando afirmaba que “venimos a ver lo que pasa, no a cambiar lo que pasa”? Si este pesimismo se adueña de nosotros, estamos perdidos. Habrá que intentar dominarlo, ofreciendo cada uno el granito de trigo que nos pide el molinero para que la harina de ese apetecible pan sea el alimento que fortalezca a quienes nos sigan. “No perdamos la perspectiva”, como decía Dº Rosa en La Colmena, de Cela. Nos merecemos todos una nueva oportunidad en la que triunfe el optimismo y la dignidad.

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