Presunto Fuego Lento

José Manuel García Rupérez
Y el 24 de enero, “cuando no hace la calor”, el Mirandés se metió en la antesala de la gloria, y todo el mundo se enteró de lo que vale este equipo rojillo. “La batalla del Ebro” pasará a la historia del tesón, valentía y arrojo, sin desánimo ni mirada atrás.

El primer tiempo fue un ir y venir de balones que no lograban entrar en ninguna portería de Anduva. Terminó como empezó: calentamiento de músculos, algunas ocasiones de gol y demasiada interrupción del juego por faltas de ambos equipos.

Pero la segunda parte fue otra aventura, como suele ocurrir en esas películas de intriga y tensión contenida. El equipo catalán contraatacó y, en los primeros minutos, marcó un gol en una jugada cerca del área que nos desorientó a todos. Cundió el desánimo en quienes estábamos viendo el partido, ya en el campo, ya en casa a través del canal Cuatro. Pasaban los minutos. El Mirandés atacaba, volvía a intentarlo, pero nada. “Sí, se puede, se puede, se puede”, gritábamos los aficionados entregados a nuestro equipo. Y claro que se pudo. Pablo Infante, medio lesionado, con un enorme coraje, en el minuto 57, lanzó el balón, rebotó en un jugador del Espanyol y…. Goooooool. En esos momentos subió la temperatura en el estadio, y Anduva ascendió a los cielos gracias a la emoción que provocaron los rojillos. Nos faltaba un gol para ganar y clasificarnos para la semifinal. Corría el tiempo. Encontronazos, galopadas de una portería a otra; hasta el portero del Mirandés se puso a atacar cerca del área del contrario. ¡Una verdadera pasada! Y se dibujó el golazo de la historia. Otro pase del “matagigantes” Pablo Infante, lanzado con una maestría cuya técnica ya desearían muchos descubrir, llegó a la cabeza de César, en el minuto 91, y el portero del Espanyol, que había parado lo imparable, se quedó a dos velas al ver que el balón estaba dentro de la red.

Tres minutos quedaban para el final, dado que el árbitro, como es costumbre, añadió el tiempo que se había perdido durante el partido. ¡Tres eternos minutos quedaban para llegar a la meta de cuartos de final! Increíble, pero cierto. Final. Pitada final del árbitro. El estadio de Anduva era un volcán de emociones, de gritos por la obsesión cumplida, por el justo merecimiento a la labor realizada por este formidable y organizado equipo y, es evidente, por la labor de su entrenador Pouso. ¿Y qué podemos decir de la entrega incondicional de los aficionados?

Vuestra lucha constante me hace pensar en que todo, todo se puede alcanzar cuando se sale al campo de batalla con ilusión, decisión y ausencia de desánimo. Tenéis vuestra recompensa. Vuestro éxito es el nuestro porque simbolizáis mucho para nosotros los mirandeses, quienes deseamos también “salir en los papeles” y en la tele por algo positivo, noble y equilibrado como es conseguir situarnos entre los mejores en un deporte.

No sé cómo terminará esta hermosa hazaña que estáis realizando y que nosotros compartimos con satisfacción, pero, aunque exista la posibilidad de que no se escriban con mayúsculas vuestros nombres en la final de la Copa del Rey, siempre pensaremos que habéis levantado la moral a esta ciudad que se estaba acomodando con tintes pesimistas. Por eso, os agradecemos el habernos abierto una puerta a la esperanza. Nos vemos en la semifinal. ¡Seguís siendo los mejores! ¡Aúpa, MIRANDÉS!

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