Presunto Fuego Lento

José Manuel García Rupérez
            La Mitología griega ya nos avisa de un tipo de maldad que brota en el alma de los impulsivos. La impulsividad, según los expertos, nace, en muchas ocasiones, de su madre la ira. Esto se muestra de forma plástica en una fábula de Esopo que, resumida, dice así: Un hombre sentía gran rencor contra un zorro que le causaba grandes perjuicios. El día que tuvo ocasión de capturarlo, deseó vengarse con dureza: le ató a la cola una estopa empapada en aceite a la que prendió fuego. Pero un dios guió al zorro hacia los campos de trigo que pertenecían al que le había castigado de esa forma tan cruel. Curiosamente, era la época de la siega, y al hombre no le quedó más remedio que ir detrás del zorro llorando y lamentándose, pues toda la cosecha había sido destruida por el fuego que él mismo había prendido en la cola del animal. Esopo termina su escrito aconsejándonos que seamos tolerantes y que no nos dejemos arrastrar por la ira, pues a menudo ésta acarrea graves daños a aquellos que no llegan a dominarla.
           
          ¿Habrán  leído algunos de los dirigentes que se creen con el poder de la fuerza – me viene a la mente lo que está ocurriendo en Siria- esta fábula del escritor griego? ¿Quién de los dos tiene razón: el hombre o el zorro? ¿Volveremos a contemplar de nuevo el espectáculo de una guerra en la que no paran de morir inocentes? En estos asuntos, y prácticamente en todos los problemas, el diálogo es básico. Se trata de convencer, no de vencer. Hemos avanzado mucho en la sofisticación  del armamento, pero la comunicación entre las culturas y los pueblos ha vuelto a la edad de piedra. Parece que no interesa el acuerdo, sino poner en práctica cualquier tipo de estrategia. Se está fomentando en ambos bandos el encumbramiento del no, como en una venganza placentera en la que hay más satisfacción en la negativa que en el convenio. ¿Para qué llegar a las armas, si al final termina todo el asunto en “tratados de paz”?
           
           Seguimos siendo lobos enfrentados a otros lobos. ¿No se sentirán ofendidos los lobos al verse comparados con los humanos? ¡Qué fácil es legalizar los combates bélicos! Y se hace con una alegría tal, que quita el hipo a todos los filósofos que en el mundo son y han sido. Ya no podríamos hablar de ira sino de maldad fría y calculada al estilo del Príncipe de Maquiavelo. Ya se han perdido los escrúpulos en la dialéctica por la conquista del poder. Todo está permitido. El fin justifica los medios.
           
          Señores poderosos de la guerra actual y tan nuestra, reflexionen un poco antes de apretar el gatillo, no sea que la bala les salga por la culata, y así actualicemos el final de la fábula citada más arriba. 

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