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José Manuel García Rupérez
Quienes hayan estudiado la cultura latina es posible que recuerden la leyenda que hace referencia a un patricio romano llamado Cincinato, Lucius Quinctius Cincinnatus, para ser más exacto. Al parecer, era un personaje muy peculiar, pues vivía frugalmente a pesar de su posición social; laboraba él mismo sus campos, algo impropio en una persona que descendía de los primeros senadores romanos; y era un verdadero patriota, pues amaba profundamente su tierra, trabajaba como el que más y era capaz de arriesgar su vida por su patria, como posteriormente lo demostraron los hechos. Según los datos históricos, en el año 458 a. C., los ecuos atacaron a los romanos. Para resolver de forma inmediata dicha agresión, el Senado romano propuso que se nombrara dictador a Cincinato. Hay que tener en cuenta que este cargo de dictador apenas se relaciona con la noción actual que sugiere dicha palabra, ya que, según la ley romana, un dictador era un funcionario dotado de poder absoluto durante seis meses, y era designado como tal en situaciones complicadísimas. Se hacía así para que alguien que estuviera bien preparado tomara de forma inmediata las decisiones oportunas. Hechas estas aclaraciones, sigamos con nuestro personaje. Cuando a Cincinato se le eligió como dictador, dejó el arado, reunió un buen ejército, se dirigió al lugar de la batalla y derrotó al enemigo. Lo bueno viene ahora. Después del éxito, Cincinato regresó a Roma y renunció inmediatamente a la dignidad dictatorial que se le había asignado. Sólo usó el poder absoluto para el momento que fue necesario. Nada más. Y volvió a su villa para seguir trabajando sus tierras. Me imagino que esta historia se habrá contado de padres a hijos durante siglos para que sea ejemplo de virtud en cuanto al empleo del poder, que debe ser sin abuso. Todos hemos oído que el poder corrompe, pero sólo lo hace a quienes no saben usarlo correctamente. Como dato curioso, les diré que al NE de los EE.UU., en Ohio, hay una ciudad que lleva el nombre de este personaje austero que perteneció a una clase social noble y privilegiada de la época: Cincinnati. Tengo entendido que también existe una Sociedad de los Cincinnati a la que pertenecen personas que han servido desinteresadamente a su patria. ¿Leerán nuestros políticos a los clásicos? ¿Seguirá siendo la Historia la maestra de la vida? Con todo, amigos, ¡qué fácil es contar leyendas y qué difícil es entender y poner en práctica sus mensajes!
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José Manuel García Rupérez
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