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José Manuel García Rupérez
La novela de Javier Otaola, “Mamá ha muerto”, es, para mí, una búsqueda, un deseo de encontrar el amor que brilló en el corazón de Aurelio – el protagonista – cuando fue joven. Aurelio recorre parte de Europa buscando el Norte –símbolo de la libertad y del progreso –para intentar recobrar el amor de Britt, pero ésta tiene familia y participa de forma activa en una institución protestante en Suecia. Aurelio decide realizar un alocado viaje para descubrir la libertad y la felicidad; viaje que el resto de los mortales nos atreveríamos a hacer en compañía del personaje de ficción; no obstante, las cadenas conseguidas a través de esa recalcitrante monotonía nos impiden dar el primer paso, ya que estamos asentados en la comodidad. Su actitud no es solo querer superarse a sí mismo – como si fuera el Superhombre de Nietzsche –, sino también el deseo de demostrarse que se puede obtener algo más por medio de un arrebato de locura, pues sin esta decisión del protagonista no pasaría nada interesante en la novela. Esta reacción de Aurelio tendrá consecuencias funestas: abandono de la familia, amigos y trabajo, violación, asesinato, etc. En su mentalidad, en el Norte se encuentra lo mejor y, sobre todo, está Britt, su pasión, la fuerza motriz que le mueve a hacer lo que casi nadie entiende, ni siquiera el lector, estupefacto. Aurelio será un ente caído en el verdadero infierno que se vive en la vida, y será rescatado, como casi siempre, por el amor – en este caso de Britt -, que el lector puede prever en una posible continuación de la novela, y que el autor deja abierto a la imaginación de cada cual. Aurelio, como caballero –Jules “Chevalier” –, y como si de un nuevo Persiles se tratara, recorre el mundo igual que en una novela bizantina, desafiando obstáculos hasta que se encuentra con su Sigismunda particular, pero, al comprender que no tiene mucho que hacer, recoge velas y se aparta. No obstante, su actitud ha tocado la fibra sensible de Britt, quien le atendió después de la paliza que le dieron las Rabid Bitches, y quien intenta volver a unirse con él. ¿El eterno retorno? Britt se ha contaminado de la pasión de Aurelio por conocer otra vida que no es la que hasta ahora ha logrado, dadas las circunstancias que la rodeaban y es ella quien decide abandonarlo todo y echarse en brazos de su amado. Britt es el único personaje femenino que se preocupa por Aurelio. El resto de las mujeres que aparecen en la novela ocupan un segundo plano, cada una con sus matices, claro está. Quizás, también se salve Hermione, pues le ha tocado la fibra sensible al protagonista. Como don Quijote, Aurelio enloquece por las lecturas vitalistas de Nietzsche, acérrimo defensor del Superhombre. Pero el idealismo del protagonista choca abiertamente con la cruda realidad, pues termina siendo un pingajo que forma parte del tablero de esta sociedad tan conflictiva en intereses e ideales. El ambicioso Aurelio, convertido en un anacoreta, termina solo, derrotado, pero se conforma con su destino. Se contenta con poco: libros, música y un pequeño apartamento. Su alma se ha quedado vacía y su pasión se ha desinflado. No aguarda nada. Nadie espera nada de su persona, salvo Britt, como ya se ha dicho. Esta lo necesita. ¿La misiva final de la sueca le abrirá las puertas de la felicidad? Durante el viaje, Aurelio prueba también su propia medicina que le devuelven su hermana y su ex esposa, una venganza materializada en el dildo argentífero que había enviado a Yolanda y que él experimentará en sus propias carnes. La vida le coloca en su sitio. Por eso acepta la derrota, después de hartarse de sexo en todas las manifestaciones posibles, como si fuera un niño empachado de pasteles. La escapada al ártico, a lo hiperbóreo, nos retrata a todos como si encarnásemos a Aurelio. Él, a pesar de ser un sinvergüenza y un cretino, obtendrá –se supone, dentro de la ficción –la recompensa a su constancia y fidelidad al amor de Britt. Su pasión ha explotado en el momento en que nadie lo esperaba, cuando la muerte de la madre de Aurelio le despierta de ese sueño rutinario y monótono que era su vida organizada y corriente.
Comentarios
José Manuel García Rupérez
Uno se acerca a los periódico o escucha la radio y observa la cantidad de términos que aparecen en dichos medios en que se hace alusión a la Geometría, esa parte de las Matemáticas que estudia la extensión, la forma de medirla, las relaciones entre puntos, líneas, ángulos, planos y figuras, y la manera como se miden. Casi nada. Y creíamos que la habíamos olvidado en la escuela de nuestros recuerdos.
Ecuaciones. Descubrir que los puntos de una figura no están todos en el mismo plano…¿O había una clase de Geometría que sí los representaba en el mismo plano? ¿Y las relaciones entre las dimensiones y las formas expresadas con medidas? Etc. Yo les quería recordar cómo seguimos pensando “en Geometría”. Me explico. Hagamos un ejercicio tomando giros y expresiones en que aparece el tema que nos ocupa. La verdad es que cada vez aumenta más la espiral de violencia, aunque algunos lo ven bajo un prisma personal y diferente, ya que siempre ha existido, tanto en las bajas como en las altas esferas. Con todo, el segmento más importante de la población joven suele ser, por lo general, el protagonista de estos hechos violentos: recuérdese lo que ocurre en muchos partidos de fútbol, los fines de semana, etc. No hay duda de que los sectores afectados se dan en una capa de la sociedad más bien baja y que viven en círculos que dejan mucho que desear. A ese nivel, las curvas de crecimiento son cada vez mayores y es posible que el aumento de la población sea una de las causas de tanto maltrato. Es probable que la pirámide de edades también tenga algo que ver, pues esta sociedad no tiene una base tan sólida como se esperaba. Podemos considerar que este tema es puntual, dependiendo también desde qué ángulo se mire. El Gobierno habla de asuntos centrales y es posible que se salga de la tangente al afirmar tal cosa. Quizás, en este asunto de la violencia tendríamos que tener jueces más rectos y sin que su trayectoria y su radio de acción se quiebre por nada, si queremos que el resultado sea una sociedad cada vez más justa. Es cierto que muchas personas se pasan de la raya y no saben que existe una ética universal que habrá que mantener si no queremos perder el norte. Muchos consideran que mientras que la Tierra siga girando alrededor de su eje, este tema se repetirá. No obstante, los entendidos en la materia podrían insinuar a esta sociedad perdida alguna proyección que la oriente por el camino rectilíneo. Tal vez, lo más importante es que no perdamos ni el equilibrio ni la perspectiva, y mantengamos la verticalidad. |
José Manuel García Rupérez
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