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José Manuel García Rupérez
Siempre me ha llamado la atención aquella genuina historia del campesino amante y atento observador de las aves, al que se le ocurrió la idea de apresar unos vistosos pajarillos y meterlos en una jaula para seguir detenidamente sus reacciones.
Como hacía buen tiempo y los pajarillos eran crías que habían abandonado el nido hacía muy poco, dejó la jaula a la intemperie para así poder apuntar todos los hábitos de los animalitos. Desde lejos y con unos prismáticos iba comprobando cómo bebían, cómo comían, qué tipo de fruta les agradaba más... Pero lo que más le chocó, algo que veía todas las mañanas, era que los padres de las criaturas, aprovechando el silencio matutino, acudían hasta la jaula para darles de comer. Al campesino, al vislumbrar lo que sucedía, le vino una idea que llevó a la práctica al día siguiente: "Voy a coger a los padres, los meteré en una jaula y dejaré libres a los polluelos." Así lo hizo. Pasaban los días y ningún pajarillo se acercó a la jaula de los padres-pájaros. Aquella mañana, el labrador no apuntó nada en su cuaderno de notas. Sólo dos hermosos signos de interrogación destacaban en medio de la hoja. Se quedó decepcionado y triste. Soltó a los padres. La experiencia había terminado. Querido lector, no hace falta que escriba la moraleja. Aplícatela a ti mismo. Esta sencilla historia es muy significativa. ¿No habría que experimentar alguna vez que los hijos trabajasen para que los padres pudiesen estudiar, o viajar, o vivir mejor y no estar siempre pendientes de lo que necesitan sus retoños, como acertadamente me recordaba un compañero de profesión hace una semana? Sin embargo, creo que los mensajes de este tipo no llegan a los "oídos" de nadie y menos a los interesados, quienes, seguro, ni se acercarán a la lectura de este artículo. ¿Sólo nos queda a los padres el consuelo de comprobar que los demás tienen el mismo conflicto que el resto? ¿Y el remedio? - preguntará alguien. No hay fórmula que valga. No estamos en un laboratorio sino en esta selva que es la vida en la que no nos queda más remedio que observar lo que pasa, ya que por mucho que lo intentemos, nunca podremos cambiar lo que ocurre o lo que va a suceder. ¿Pesimismo? No. Sólo comprobación de que el género humano, oséase nosotros, tú y yo, "hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère", sigue tropezando en el mismo escollo por ese instinto ignorante de querer quemarnos donde otros también se chamuscaron.
Comentarios
José Manuel García Rupérez
Antigua o moderna, la fiesta se caracteriza ante todo por el papel excepcional que representa y por la unión que ella teje entre el individuo y la comunidad a la que pertenece. La ocasión que da lugar a las festividades está generalmente relacionada con las conmemoraciones religiosas, con las estaciones, con los aniversarios... En todo caso, la fiesta siempre tiene un motivo. Si nos atenemos a las apariencias, toda una categoría de manifestaciones reclaman profundamente lo que consideramos festivo: danzas, explosiones de júbilo, agrupaciones masivas, etc. Recordemos la algarabía que se monta en cualquier evento deportivo. El carácter de la fiesta persiste en las explosiones, a veces desordenadas, del delirio popular. La fiesta ofrece así un desahogo al individuo que desea manifestar la alegría que lleva dentro, pero que debe ser compartida con otros individuos movidos por el mismo entusiasmo. Cuando llega la fiesta, se interrumpe siempre la monotonía del trabajo cotidiano. El hombre deja a un lado, por un tiempo relativamente corto, los asuntos materiales de la vida. Ya no se distinguen las clases sociales; al contrario, la reunión de todos los miembros del grupo alimenta la exaltación colectiva. Cada uno se siente en la fiesta algo importante y al mismo tiempo experimenta la sensación de estar integrado en esa comunidad de individuos que han decidido compartir la alegría y el jolgorio. Sólo hay que recordar nuestra querida fiesta de San Juan del Monte. El individuo se convierte en parte de esa colectividad por un efecto de contagio que borra las diferencias psicológicas. Así se explica el empleo corriente de las máscaras, en Carnavales, por ejemplo, o de las formas no habituales de vestir, las blusas de los sanjuaneros sin ir más lejos. El individuo que está mentido en la fiesta sobreentiende que el otro no es verdaderamente "otro", que el yo y el tú son intercambiables más allá de la apariencia corporal. A lo largo de la reunión festiva, todos participan de un mismo ambiente, el hombre se libera, por la euforia, de sus comportamientos calculadores y racionales para convertirse en una especie de niño maleable que se comunica instintivamente con las risas -o los lloros- del otro. Con frecuencia este tipo de manifestaciones de alegría tienen un lugar particular en el que se llevan a cabo; dicha ubicación simboliza el centro del universo. Se suele situar a menudo en la cima de una montaña. Seguramente, a todos nos viene a la memoria la gruta de San Juan o la Laguna. Esto nos recuerda las manifestaciones ancestrales que se hacían alrededor de un lugar sagrado: no deja de ser una manifestación sensible del orden cósmico. La fiesta es el verdadero lujo que ayuda al hombre y a la mujer a sentirse individuos libres. |
José Manuel García Rupérez
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