MILENARIO DEL FUERO DE NAVE DE ALBURA (1012-2012)
El nombre de Nave de Albura ha pasado a la historia, sin duda alguna, por la confirmación de su Fuero de Inmunidad, hecha en 1012 por el conde castellano don Sancho García. Medievalistas y expertos en derecho sobre el desarrollo de las instituciones urbanas aluden a ese fuero a la hora de definir la formación y el ordenamiento municipal de poblados, villas y aldeas al comenzar la Reconquista en la época de la repoblación.
Sin embargo merece también dar un valor histórico a una particularidad vital que tuvo Nave de Albura. Circunstancia que le proporcionaba un carácter singular y distinto a las aldeas existentes en su entorno; su puerto fluvial. Que sepamos, no había otro en el tramo del alto Ebro.
El texto del fuero de esa villa se refiere al puerto junto al molino del lugar, mientras que otro documento de San Millán de la Cogolla señala que también tuvo un monasterio dedicado a San Martín de Tours. Pero, al parecer, lo que le daba más vida era ese puerto; sito en la orilla derecha del río Ebro, en la desembocadura del Oroncillo.
Todo puerto, de mar o río, sea grande o pequeño, está destinado a carga y descarga de mercancías e igualmente al embarque y desembarque de personas. Necesita por tanto de unas instalaciones apropiadas para esas operaciones.
Con esa premisa, podemos asegurar que Nave de Albura fue el centro de la vida comercial de su zona geográfica. Las gentes de los pueblos vecinos de la margen derecha del Ebro tenían que acudir a esa localidad y al embarcadero del puerto fluvial si querían intercambiar productos y ganado con lugares de su margen izquierda. Otro tanto hay que aducir en sentido contrario.
Ese trasiego humano y mercantil exige la existencia de una flotilla de naves para hacerlo realidad. Tal deducción nos la aclara el mismo fuero cuando dice que Nave de Albura “nunca pagó por homicidio, tanto si éste ocurriera en el molino, en las embarcaciones, en el puerto o en la villa misma”.
También es lógico y consecuente pensar que esas embarcaciones no se limitarían únicamente a cruzar el río, sino que además surcarían rutas aguas arriba y aguas abajo del Ebro.
Para lo primero bastaba el empleo de un andarivel, la maroma tendida entre las dos orillas de un río para guiar barcas y barcazas con el palmeo alternativo de las manos. Forma habitual que, desde muy antiguo, se usaba en el cruce de ríos caudalosos. En uno de los famosos grabados sobre la ciudad de Miranda, hechos por artistas británicos en los siglos XVIII y XIX en los que daban una imagen romántica de España, Henry Swinburne nos muestra como los mirandeses cruzaban el Ebro ayudados por un andarivel, después que la gran riada de 1775 incumunicó los dos barrios de la ciudad al derribar el puente medieval que hasta entonces aún se mantenía en pie.
Para lo segundo, en las travesías a lo largo del río, el puerto de La Nave debía contar con embarcaciones fuertes y resistentes, dada la fuerza y velocidad de las aguas en una época en que no se contaba con presas de contención tan resistentes como en la actualidad. Los desbordamientos del Ebro debieron ser muy frecuentes.
Las travesías, sin aventurarnos mucho, debieron tener sus muelles de atraque más lejanos en lugares como Puentelarrá por el oeste y Salinillas de Buradón por el este, con puntos de embarque y desembarque en la orilla opuesta. Meterse en la gran depresión del Ebro, pasadas las Conchas de Haro, se nos antoja un tanto atrevido y contar con unos recursos navieros de mayor calado.
En otro lugar me he referido a la raíz latina del nombre de Nave de Albura y a la posibilidad de que su puerto pudo haber existido en época visigoda antes de que los sarracenos asolaran esta parte dela Castilla primitiva. Aunque, al parecer, no hay nada documentado, podríamos imaginar que hasta pudo haberlo en tiempos romanos, dada la serie de calzadas romanas que existieron en torno a lo que hoy es Miranda. Citemos tan solo a la celtibérica Deóbriga, en la aldea de Arce Mirapérez. Ella fue una estación de la gran “Via Aquinia”.
Lo seguro, según el fuero, es que existió durante el Condado de Castilla y que, por tanto, debió prestar sus servicios portuarios a pueblos vecinos como Orón, Suzana, Ayuelas, Montañana, Guinicio, Ameyugo, Bardauri, Ircio y Miranda al relacionarse con los de la otra orilla. Servicios que después se fueron extinguiendo al construir Miranda un puente sobre el Ebro en el siglo XII.
Sin embargo merece también dar un valor histórico a una particularidad vital que tuvo Nave de Albura. Circunstancia que le proporcionaba un carácter singular y distinto a las aldeas existentes en su entorno; su puerto fluvial. Que sepamos, no había otro en el tramo del alto Ebro.
El texto del fuero de esa villa se refiere al puerto junto al molino del lugar, mientras que otro documento de San Millán de la Cogolla señala que también tuvo un monasterio dedicado a San Martín de Tours. Pero, al parecer, lo que le daba más vida era ese puerto; sito en la orilla derecha del río Ebro, en la desembocadura del Oroncillo.
Todo puerto, de mar o río, sea grande o pequeño, está destinado a carga y descarga de mercancías e igualmente al embarque y desembarque de personas. Necesita por tanto de unas instalaciones apropiadas para esas operaciones.
Con esa premisa, podemos asegurar que Nave de Albura fue el centro de la vida comercial de su zona geográfica. Las gentes de los pueblos vecinos de la margen derecha del Ebro tenían que acudir a esa localidad y al embarcadero del puerto fluvial si querían intercambiar productos y ganado con lugares de su margen izquierda. Otro tanto hay que aducir en sentido contrario.
Ese trasiego humano y mercantil exige la existencia de una flotilla de naves para hacerlo realidad. Tal deducción nos la aclara el mismo fuero cuando dice que Nave de Albura “nunca pagó por homicidio, tanto si éste ocurriera en el molino, en las embarcaciones, en el puerto o en la villa misma”.
También es lógico y consecuente pensar que esas embarcaciones no se limitarían únicamente a cruzar el río, sino que además surcarían rutas aguas arriba y aguas abajo del Ebro.
Para lo primero bastaba el empleo de un andarivel, la maroma tendida entre las dos orillas de un río para guiar barcas y barcazas con el palmeo alternativo de las manos. Forma habitual que, desde muy antiguo, se usaba en el cruce de ríos caudalosos. En uno de los famosos grabados sobre la ciudad de Miranda, hechos por artistas británicos en los siglos XVIII y XIX en los que daban una imagen romántica de España, Henry Swinburne nos muestra como los mirandeses cruzaban el Ebro ayudados por un andarivel, después que la gran riada de 1775 incumunicó los dos barrios de la ciudad al derribar el puente medieval que hasta entonces aún se mantenía en pie.
Para lo segundo, en las travesías a lo largo del río, el puerto de La Nave debía contar con embarcaciones fuertes y resistentes, dada la fuerza y velocidad de las aguas en una época en que no se contaba con presas de contención tan resistentes como en la actualidad. Los desbordamientos del Ebro debieron ser muy frecuentes.
Las travesías, sin aventurarnos mucho, debieron tener sus muelles de atraque más lejanos en lugares como Puentelarrá por el oeste y Salinillas de Buradón por el este, con puntos de embarque y desembarque en la orilla opuesta. Meterse en la gran depresión del Ebro, pasadas las Conchas de Haro, se nos antoja un tanto atrevido y contar con unos recursos navieros de mayor calado.
En otro lugar me he referido a la raíz latina del nombre de Nave de Albura y a la posibilidad de que su puerto pudo haber existido en época visigoda antes de que los sarracenos asolaran esta parte dela Castilla primitiva. Aunque, al parecer, no hay nada documentado, podríamos imaginar que hasta pudo haberlo en tiempos romanos, dada la serie de calzadas romanas que existieron en torno a lo que hoy es Miranda. Citemos tan solo a la celtibérica Deóbriga, en la aldea de Arce Mirapérez. Ella fue una estación de la gran “Via Aquinia”.
Lo seguro, según el fuero, es que existió durante el Condado de Castilla y que, por tanto, debió prestar sus servicios portuarios a pueblos vecinos como Orón, Suzana, Ayuelas, Montañana, Guinicio, Ameyugo, Bardauri, Ircio y Miranda al relacionarse con los de la otra orilla. Servicios que después se fueron extinguiendo al construir Miranda un puente sobre el Ebro en el siglo XII.
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