MILENARIO DEL FUERO DE NAVE DE ALBURA (1012-2012)
El fuero, tras invocar a Jesucristo, comienza diciendo, “esta es la escritura del fuero que tuvo la villa denominada Nave de Albura”. Ese es su nombre. Eso dice su breve texto latino.
Una denominación, sin duda alguna, relacionada con aquel puerto fluvial que existió en la margen derecha del Ebro, junto al sitio donde desembocan las aguas del Oroncillo.
El apelativo de La Nave, a secas, no hace referencia a ningún barracón, ni taller industrial moderno, aunque se den por la zona. La Nave es la forma simple que desde tiempo se emplea con frecuencia aludiendo a su forma compuesta como figura en el fuero de la villa en cuestión.
Si había un puerto, la expresión Nave deriva de las embarcaciones que, por lógica, tuvieron que existir allí y que actuaban en su embarcadero. Otra cosa más complicada es su apellido de “Albura”.
Ha habido escritores que al estudiar el fuero han trascrito el nombre de la villa como “nava” en lugar de “nave”. Desconozco los motivos e interpretaciones que tuvieron para traducirla con ese término con el que se denomina a algunas tierras bajas, húmedas y a veces pantanosas. Nava abunda en gran número de topónimos españoles. Baste recordar, Navarra, Nava de Arévalo, de la Asunción o del Rey; Navacerrada, Navalcarnero o Navalmoral de la Mata…
A mi modo de ver se trata de una equivocación. Por el momento, no quiero detenerme ni siquiera a pensar en la referencia, que también hacen otros con frecuencia, a la existencia en la zona de un lago o una gran laguna de Bilibio. Erróneamente se mezclan periodos geológicos con tiempos históricos, aunque estos deriven de aquellos. La actual configuración de la superficie de nuestro globo terráqueo, a pesar de los terremotos y volcanes, se mantiene uniforme desde hace muchos miles de años.
No hay lugar para la duda, El fuero alude a un molino, a unas embarcaciones y a un puerto. Nave, además de que en el creciente romance castellano se refería así a una embarcación, es el ablativo de la locución latina “navis-is”. Si había puerto, tuvo que haber barcas.
En cambio, la significación que pudiera tener para la villa el vocablo “albura” no nos aparece tan clara. Apoyándonos en la proposición “de”, indicadora de pertenencia, procedencia o materia de que esta hecha una cosa, lo buscamos en las siguientes acepciones. Que se refiera a la madera con se hacían las embarcaciones, ya que albura es la parte del tronco de los árboles por donde asciende la sabia; o al albur, suerte o contingencia que podrían correr las barcas en sus travesías; o, la que creo más probable, al alba de cada día, hora en que empezaban a faenar.
La expresión “albura”, como sinónimo de “blancura”, procede de la voz latina “album-i” que significa blanco. Aquellos antiguos castellanos, con ese sentido, podrían referirse que al romper la luz del día, es decir al alba, comenzaba el transporte de mercancías y el transito de personas por las aguas del Ebro.
Es evidente que si se construyó un puerto en la villa fue principalmente por motivos comerciales e intercambio de productos entre los pueblos de ambos lados del gran río. Es muy difícil dar con otra razón de mayor valía que la del movimiento de gentes por la zona. Sabían que al despuntar el resplandor de la alborada comenzaban las labores del lugar, como en cualquier otro paraje.
Lo cierto es que Nave de Albura es un nombre latino, aunque ya formara parte del romance medieval, como muchos otros lugares de esa zona de la antigua Castilla. Pensemos además que las tres acepciones dichas reflejan la vida misma de la antigua villa. Pues vivió mientras tuvo la sabia de su actividad portuaria, y sus embarcaciones estuvieron expuestas a cualquier albur, cada uno de los días de navegación.
Para evitar equívocos y asentar las señas mirandesas de ese lugar debemos insistir en su denominación completa, ya que en la Península Ibérica hay más localidades con el nombre de Nave. Destacan entre ellas, una en la provincia portuguesa de Guarda y otra en San Pedro de las Naves de Asturias. Pero acaso la más conocida sea San Pedro de la Nave, en El Campillo de Zamora, cuya denominación responde a una preciosa ermita, famosa por ser una de las últimas obras arquitectónicas del arte visigótico, construida poco antes de la invasión islámica a finales del siglo VII.
Una denominación, sin duda alguna, relacionada con aquel puerto fluvial que existió en la margen derecha del Ebro, junto al sitio donde desembocan las aguas del Oroncillo.
El apelativo de La Nave, a secas, no hace referencia a ningún barracón, ni taller industrial moderno, aunque se den por la zona. La Nave es la forma simple que desde tiempo se emplea con frecuencia aludiendo a su forma compuesta como figura en el fuero de la villa en cuestión.
Si había un puerto, la expresión Nave deriva de las embarcaciones que, por lógica, tuvieron que existir allí y que actuaban en su embarcadero. Otra cosa más complicada es su apellido de “Albura”.
Ha habido escritores que al estudiar el fuero han trascrito el nombre de la villa como “nava” en lugar de “nave”. Desconozco los motivos e interpretaciones que tuvieron para traducirla con ese término con el que se denomina a algunas tierras bajas, húmedas y a veces pantanosas. Nava abunda en gran número de topónimos españoles. Baste recordar, Navarra, Nava de Arévalo, de la Asunción o del Rey; Navacerrada, Navalcarnero o Navalmoral de la Mata…
A mi modo de ver se trata de una equivocación. Por el momento, no quiero detenerme ni siquiera a pensar en la referencia, que también hacen otros con frecuencia, a la existencia en la zona de un lago o una gran laguna de Bilibio. Erróneamente se mezclan periodos geológicos con tiempos históricos, aunque estos deriven de aquellos. La actual configuración de la superficie de nuestro globo terráqueo, a pesar de los terremotos y volcanes, se mantiene uniforme desde hace muchos miles de años.
No hay lugar para la duda, El fuero alude a un molino, a unas embarcaciones y a un puerto. Nave, además de que en el creciente romance castellano se refería así a una embarcación, es el ablativo de la locución latina “navis-is”. Si había puerto, tuvo que haber barcas.
En cambio, la significación que pudiera tener para la villa el vocablo “albura” no nos aparece tan clara. Apoyándonos en la proposición “de”, indicadora de pertenencia, procedencia o materia de que esta hecha una cosa, lo buscamos en las siguientes acepciones. Que se refiera a la madera con se hacían las embarcaciones, ya que albura es la parte del tronco de los árboles por donde asciende la sabia; o al albur, suerte o contingencia que podrían correr las barcas en sus travesías; o, la que creo más probable, al alba de cada día, hora en que empezaban a faenar.
La expresión “albura”, como sinónimo de “blancura”, procede de la voz latina “album-i” que significa blanco. Aquellos antiguos castellanos, con ese sentido, podrían referirse que al romper la luz del día, es decir al alba, comenzaba el transporte de mercancías y el transito de personas por las aguas del Ebro.
Es evidente que si se construyó un puerto en la villa fue principalmente por motivos comerciales e intercambio de productos entre los pueblos de ambos lados del gran río. Es muy difícil dar con otra razón de mayor valía que la del movimiento de gentes por la zona. Sabían que al despuntar el resplandor de la alborada comenzaban las labores del lugar, como en cualquier otro paraje.
Lo cierto es que Nave de Albura es un nombre latino, aunque ya formara parte del romance medieval, como muchos otros lugares de esa zona de la antigua Castilla. Pensemos además que las tres acepciones dichas reflejan la vida misma de la antigua villa. Pues vivió mientras tuvo la sabia de su actividad portuaria, y sus embarcaciones estuvieron expuestas a cualquier albur, cada uno de los días de navegación.
Para evitar equívocos y asentar las señas mirandesas de ese lugar debemos insistir en su denominación completa, ya que en la Península Ibérica hay más localidades con el nombre de Nave. Destacan entre ellas, una en la provincia portuguesa de Guarda y otra en San Pedro de las Naves de Asturias. Pero acaso la más conocida sea San Pedro de la Nave, en El Campillo de Zamora, cuya denominación responde a una preciosa ermita, famosa por ser una de las últimas obras arquitectónicas del arte visigótico, construida poco antes de la invasión islámica a finales del siglo VII.
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