MILENARIO DEL FUERO DE NAVE DE ALBURA (1012-2012)
Nave de Albura tenía, hasta no hace mucho, una personalidad vecinal propia. Pero ese arrabal se vio afectado por la reciente expansión de Miranda. Aunque ésta no fue tan acusada como en las zonas de Allende del Ebro, a la antigua villa le llegó el moderno impacto de algunas industrias instaladas en su entorno. Ese progreso ha terminado por borrar el perfil rural que se dibujaba en ese barrio mirandés.
Su desfiguración es tal que incluso ha perdido parte de su título; el bello apellido de Albura. Coloquialmente los mirandeses lo llamamos simplemente La Nave. Incluso de esa forma tan lacónica figura en muchos despachos oficiales. Otro día haremos referencia a su nombre.
Hasta nosotros había llegado su emplazamiento con algunas señas de identidad propias. Así, el tradicional molino que hace varios años dejó de funcionar, unos escudos nobiliarios en varias casas que fueron derribadas por la piqueta y sobretodo la ermita de San Antón, que aún sigue en pié y en funcionamiento en ciertas fechas del año. En su amplia y próxima campa, el pasado 17 de enero, como de costumbre, los cofrades celebraron la festividad del santo ermitaño.
Pero las primeras referencias al sitio nos las da con suma claridad el texto de ese fuero de 1012. En su primer párrafo, tras la invocación a Jesucristo, señala que la “villa” de Nave de Albura se fundó en la ribera del Ebro, y acto seguido añade que fue edificada al lado del Oroncillo (“super ripa quendam Iberis flumen; ex altera vero parte Oronus flumen, ex quo fuit edificata Nave de Albura”.) En concreto, se levantó junto a la desembocada de ese histórico afluente del Ebro, el Oroncillo, que en tiempos geológicos abrió aguas arriba el famoso desfiladero de Pancorbo.
No se nos dice cuando se fundó tal villa, pero indirectamente alude a su fundación al indicar que siempre gozó de fuero de inmunidad frente la entrada del sayón real. Por encontrarse en parte fuera del dominio regio, algunos escritores lo califican de “fuero de infanzones”, como Martín Vico en “Poblamiento y estructuras sociales en el norte de la Península Ibérica – Siglos VI-XIII”, mientras que otros, como Martínez Diez, en un estudio sobre los fueros en la provincia de Burgos, le dan “un carácter señorial” a la villa por el privilegio jurídico que gozaban sus “potestades” .
Lo más probable es que los primeros vecinos de La Nave se establecieron en el lugar a comienzos del siglo IX. Pasado el año 800 de nuestra era, empiezan a repoblarse lugares de la llanada mirandesa que habían sido abandonados por los cristianos hispano-godos tras ser arrasados por los musulmanes durante la invasión islamita en la Península. Así, hay constancia, por investigaciones del profesor Francisco Cantera de la repoblación ocurrida entonces en Encío, Bujedo, Ameyugo, Orón y Pontancre, que se denominó después Valverde de Miranda.
Es probable que existiera el puerto fluvial en tiempos de los visigodos, dado su topónimo, y que más tarde, tras el abandono, fuera repoblado como ocurrió con otras localidades cercanas. Esa denominación latina de Nave de Albura hace pensar incluso en la posibilidad de que hubiera existido ya en la España Romana y estuviera vinculado al trasiego de gentes por las calzadas que existieron por la zona a ambos lados del Ebro. Santa Gadea por uno y Puentalará por otro, localidades ambas relacionadas con la celtibérica Deóbriga, de la actual aldea mirandesa de Arce Mirapérez.
Segura es su existencia en los comienzos de la Reconquista y en el esplendor del Condado de Castilla. Lo ratifica su fuero. La importancia del puerto de Nave de Albura, a falta de puentes sobre el Ebro en aquellos años de acusada repoblación, debió ser vital para las gentes de los pueblos vecinos como Orón, Suzana, Ayuelas, Montañana, Guinicio, Ameyugo, Bardauri o Ircio y sobretodo Miranda -que empezaba a renacer de sus cenizas por el monte de la Picota-, para relacionarse con los de la otra orilla. Las barcas de aquel puerto debieron ser el principal medio de transito humano y de intercambio de mercancías.
Su desfiguración es tal que incluso ha perdido parte de su título; el bello apellido de Albura. Coloquialmente los mirandeses lo llamamos simplemente La Nave. Incluso de esa forma tan lacónica figura en muchos despachos oficiales. Otro día haremos referencia a su nombre.
Hasta nosotros había llegado su emplazamiento con algunas señas de identidad propias. Así, el tradicional molino que hace varios años dejó de funcionar, unos escudos nobiliarios en varias casas que fueron derribadas por la piqueta y sobretodo la ermita de San Antón, que aún sigue en pié y en funcionamiento en ciertas fechas del año. En su amplia y próxima campa, el pasado 17 de enero, como de costumbre, los cofrades celebraron la festividad del santo ermitaño.
Pero las primeras referencias al sitio nos las da con suma claridad el texto de ese fuero de 1012. En su primer párrafo, tras la invocación a Jesucristo, señala que la “villa” de Nave de Albura se fundó en la ribera del Ebro, y acto seguido añade que fue edificada al lado del Oroncillo (“super ripa quendam Iberis flumen; ex altera vero parte Oronus flumen, ex quo fuit edificata Nave de Albura”.) En concreto, se levantó junto a la desembocada de ese histórico afluente del Ebro, el Oroncillo, que en tiempos geológicos abrió aguas arriba el famoso desfiladero de Pancorbo.
No se nos dice cuando se fundó tal villa, pero indirectamente alude a su fundación al indicar que siempre gozó de fuero de inmunidad frente la entrada del sayón real. Por encontrarse en parte fuera del dominio regio, algunos escritores lo califican de “fuero de infanzones”, como Martín Vico en “Poblamiento y estructuras sociales en el norte de la Península Ibérica – Siglos VI-XIII”, mientras que otros, como Martínez Diez, en un estudio sobre los fueros en la provincia de Burgos, le dan “un carácter señorial” a la villa por el privilegio jurídico que gozaban sus “potestades” .
Lo más probable es que los primeros vecinos de La Nave se establecieron en el lugar a comienzos del siglo IX. Pasado el año 800 de nuestra era, empiezan a repoblarse lugares de la llanada mirandesa que habían sido abandonados por los cristianos hispano-godos tras ser arrasados por los musulmanes durante la invasión islamita en la Península. Así, hay constancia, por investigaciones del profesor Francisco Cantera de la repoblación ocurrida entonces en Encío, Bujedo, Ameyugo, Orón y Pontancre, que se denominó después Valverde de Miranda.
Es probable que existiera el puerto fluvial en tiempos de los visigodos, dado su topónimo, y que más tarde, tras el abandono, fuera repoblado como ocurrió con otras localidades cercanas. Esa denominación latina de Nave de Albura hace pensar incluso en la posibilidad de que hubiera existido ya en la España Romana y estuviera vinculado al trasiego de gentes por las calzadas que existieron por la zona a ambos lados del Ebro. Santa Gadea por uno y Puentalará por otro, localidades ambas relacionadas con la celtibérica Deóbriga, de la actual aldea mirandesa de Arce Mirapérez.
Segura es su existencia en los comienzos de la Reconquista y en el esplendor del Condado de Castilla. Lo ratifica su fuero. La importancia del puerto de Nave de Albura, a falta de puentes sobre el Ebro en aquellos años de acusada repoblación, debió ser vital para las gentes de los pueblos vecinos como Orón, Suzana, Ayuelas, Montañana, Guinicio, Ameyugo, Bardauri o Ircio y sobretodo Miranda -que empezaba a renacer de sus cenizas por el monte de la Picota-, para relacionarse con los de la otra orilla. Las barcas de aquel puerto debieron ser el principal medio de transito humano y de intercambio de mercancías.
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