MILENARIO DEL FUERO DE NAVE DE ALBURA (1012-2012)
El fuero cita dos localidades cuyos nombres destacan singularmente y media docena de personajes con un papel preponderante en el desarrollo del juicio que expone el texto del documento.
Llama la atención que, en apenas veinte líneas cortas a doble columna, aparezcan tantos nombres propios. Así el río Ebro y su afluente el Oroncillo. Sitios como Lantarón, el Castillo de Burandón y Palencia; Los apellidos topónimos de Portilla y Bachicavo, asumidos uno de Portilla-Bozoo o Portilla-Zambrana y el otro del valle de Valdegovía; y los dos lugares importantes donde discurre el caso: las villas de Nave de Albura, con su puerto fluvial y Santa Gadea de Término, centro jurisdiccional y límite de comunidades desde la antigüedad.
Entre las personas que se citan, además de los seis testigos avecindados por Término que aparecen con sus nombres y apellidos, hay otra media docena de significación capital. Son por orden de poder: el conde de Castilla Don Sancho García; el sayón del rey, Vela Ovecoz; los merinos Braulio de Portilla y Gutierre de Bachicavo; y los señores de Nave de Albura, Nuño Alvarez de Mellietes y Justa de Maturana.
A estos últimos se les consideraba “potestades” por dominar una determinada zona de un territorio, en su caso en torno al alto Ebro. Tales personajes aparecen igualmente defendiendo inmunidades forales por tres aldeas al otro lado del río -San Zadornil, Berbeia y Barrio- donde de nuevo sus alegaciones vencieron frente a las ingerencias de los merinos.
Eran los merinos, tal es cargo de Braulio y Gutierre, oficiales públicos, que tenían asignada una “mandación” o merindad otorgada por el conde, en la que podían actuar como jueces en algunas causas sobre delitos.
Fue Vela Ovecoz, como sayón del rey y en nombre de éste, el ejecutor encargado de recaudar impuestos y pagos por penas pecuniarias. Pertenecía a la familia de los Vela, de infausta memoria en tiempos del esplendor de la Castilla Condal. Descendiente del conde alavés Vela Jiménez, victorioso en Cellorigo, en 882, frente a los musulmanes, pero igualmente de otros Velas que juraron odio a muerte a Fernán González por haber implantado un nuevo régimen condal bajo su autoridad. Varios Vela se fueron de Castilla y se afincaron en el reino de León. Desde allí maquinaron cuanto pudieron contra el condado y apoyaron las intrigas de Córdoba, a donde otros Vela se habían fugado...
Pero lo más grave fue el asesinato del infante García, hijo del conde don Sancho, cuando acudió a León para casarse con la infanta Sancha, hija de Alfonso V poco después de su muerte, y hermana por tanto del nuevo rey, el joven Vermudo III. Los Velas, apoyados por una serie de conspiradores, lo asesinaron vilmente en la entrada de la iglesia de San Juan. Aquella muerte marcó el final del condado de Castilla.
Don Sancho García, que reafirmó el particularismo castellano heredado de su padre, García Fernández, y su abuelo, Fernán González, ha pasado a la historia como el conde de los buenos fueros, por los muchos que concedió a distintas villas castellanas. Así, además del de Nave de Albura, llevan su nombre o confirmación, entre otros, los de Peñafiel, Sepúlveda, Palenzuela, Castrogeriz, Verzosa y Albania.
Grande fue su influencia en la España de entonces. A dos de sus hijas las hizo reinas: a Munia, también llamada Nuña Donna, al casarla con el rey de Navarra, Sancho el Mayor y a Elvira, con el rey leonés Vermudo III. A una tercera, Sancha, la encumbró a condesa al desposarla con Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Y para la cuarta, Tigridia, una dulce quinceañera a quien no le gustaba el mundanal ruido, creó el gran infantado de Oña, que gobernó como abadesa desde el monasterio de San Salvador, también fundado por su padre.
Si Don Sancho fue diligente con su descendencia, como político, llegó a ser el árbitro de aquella España medieval. A él acudían los emires de Córdoba para que interviniera en la solución de problemas con los beréberes. En su relación con Navarra, volvió a la política de Fernán González, y consiguió para Castilla la devolución de San Millán de la Cogolla.
Como bravo guerrero pasó gran parte de su vida combatiendo y como diplomático sin par recibió innumerables embajadas de los califas. Admirador de la cultura musulmana, vestía con relativa frecuencia a usanza mora al pasar por Toledo, Córdoba o Tudela. El escritor árabe del S. XI Ibn Hayyan, recoge la opinión de un funcionario llamado Abu Omaya con estos términos: “No he visto entre los cristianos guerreros tales como los de Sancho, ni entre los príncipes un hombre que le iguale en gravedad, valor, claridad de espíritu, cultura y fuerza persuasiva de la palabra.”
Para la conclusión, baste añadir que si Castilla parecía que iba a dejar de ser condado tras el asesinato del infante García, por el contrario se convirtió en reino. Pasó a manos el rey Sancho de Navarra, quien a sangre y fuego aniquiló a los Vela y dio el condado en herencia a su hijo Fernando, sobrino del conde don Sancho. Castilla y León se unieron por vez primera bajo la corona real de Fernando I, al casarse con la infanta leonesa doña Sancha.
Llama la atención que, en apenas veinte líneas cortas a doble columna, aparezcan tantos nombres propios. Así el río Ebro y su afluente el Oroncillo. Sitios como Lantarón, el Castillo de Burandón y Palencia; Los apellidos topónimos de Portilla y Bachicavo, asumidos uno de Portilla-Bozoo o Portilla-Zambrana y el otro del valle de Valdegovía; y los dos lugares importantes donde discurre el caso: las villas de Nave de Albura, con su puerto fluvial y Santa Gadea de Término, centro jurisdiccional y límite de comunidades desde la antigüedad.
Entre las personas que se citan, además de los seis testigos avecindados por Término que aparecen con sus nombres y apellidos, hay otra media docena de significación capital. Son por orden de poder: el conde de Castilla Don Sancho García; el sayón del rey, Vela Ovecoz; los merinos Braulio de Portilla y Gutierre de Bachicavo; y los señores de Nave de Albura, Nuño Alvarez de Mellietes y Justa de Maturana.
A estos últimos se les consideraba “potestades” por dominar una determinada zona de un territorio, en su caso en torno al alto Ebro. Tales personajes aparecen igualmente defendiendo inmunidades forales por tres aldeas al otro lado del río -San Zadornil, Berbeia y Barrio- donde de nuevo sus alegaciones vencieron frente a las ingerencias de los merinos.
Eran los merinos, tal es cargo de Braulio y Gutierre, oficiales públicos, que tenían asignada una “mandación” o merindad otorgada por el conde, en la que podían actuar como jueces en algunas causas sobre delitos.
Fue Vela Ovecoz, como sayón del rey y en nombre de éste, el ejecutor encargado de recaudar impuestos y pagos por penas pecuniarias. Pertenecía a la familia de los Vela, de infausta memoria en tiempos del esplendor de la Castilla Condal. Descendiente del conde alavés Vela Jiménez, victorioso en Cellorigo, en 882, frente a los musulmanes, pero igualmente de otros Velas que juraron odio a muerte a Fernán González por haber implantado un nuevo régimen condal bajo su autoridad. Varios Vela se fueron de Castilla y se afincaron en el reino de León. Desde allí maquinaron cuanto pudieron contra el condado y apoyaron las intrigas de Córdoba, a donde otros Vela se habían fugado...
Pero lo más grave fue el asesinato del infante García, hijo del conde don Sancho, cuando acudió a León para casarse con la infanta Sancha, hija de Alfonso V poco después de su muerte, y hermana por tanto del nuevo rey, el joven Vermudo III. Los Velas, apoyados por una serie de conspiradores, lo asesinaron vilmente en la entrada de la iglesia de San Juan. Aquella muerte marcó el final del condado de Castilla.
Don Sancho García, que reafirmó el particularismo castellano heredado de su padre, García Fernández, y su abuelo, Fernán González, ha pasado a la historia como el conde de los buenos fueros, por los muchos que concedió a distintas villas castellanas. Así, además del de Nave de Albura, llevan su nombre o confirmación, entre otros, los de Peñafiel, Sepúlveda, Palenzuela, Castrogeriz, Verzosa y Albania.
Grande fue su influencia en la España de entonces. A dos de sus hijas las hizo reinas: a Munia, también llamada Nuña Donna, al casarla con el rey de Navarra, Sancho el Mayor y a Elvira, con el rey leonés Vermudo III. A una tercera, Sancha, la encumbró a condesa al desposarla con Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Y para la cuarta, Tigridia, una dulce quinceañera a quien no le gustaba el mundanal ruido, creó el gran infantado de Oña, que gobernó como abadesa desde el monasterio de San Salvador, también fundado por su padre.
Si Don Sancho fue diligente con su descendencia, como político, llegó a ser el árbitro de aquella España medieval. A él acudían los emires de Córdoba para que interviniera en la solución de problemas con los beréberes. En su relación con Navarra, volvió a la política de Fernán González, y consiguió para Castilla la devolución de San Millán de la Cogolla.
Como bravo guerrero pasó gran parte de su vida combatiendo y como diplomático sin par recibió innumerables embajadas de los califas. Admirador de la cultura musulmana, vestía con relativa frecuencia a usanza mora al pasar por Toledo, Córdoba o Tudela. El escritor árabe del S. XI Ibn Hayyan, recoge la opinión de un funcionario llamado Abu Omaya con estos términos: “No he visto entre los cristianos guerreros tales como los de Sancho, ni entre los príncipes un hombre que le iguale en gravedad, valor, claridad de espíritu, cultura y fuerza persuasiva de la palabra.”
Para la conclusión, baste añadir que si Castilla parecía que iba a dejar de ser condado tras el asesinato del infante García, por el contrario se convirtió en reino. Pasó a manos el rey Sancho de Navarra, quien a sangre y fuego aniquiló a los Vela y dio el condado en herencia a su hijo Fernando, sobrino del conde don Sancho. Castilla y León se unieron por vez primera bajo la corona real de Fernando I, al casarse con la infanta leonesa doña Sancha.
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MILENARIO DEL FUERO DE NAVE DE ALBURA (1012-2012)
Un hecho trágico desencadenó de una serie de circunstancias que desembocaron en la confirmación del Fuero de Nave de Albura. Tal acontecimiento fue el homicidio que ocurrió en la villa de ese puerto fluvial del alto Ebro hace mil años, en tiempos de la Castilla Condal.
Pero ese hecho, aunque está en el origen de todo el proceso, es anterior a la causa principal de la ratificación del fuero. Porque su móvil fue la discordancia surgida respecto a la competencia judicial para esclarecer el caso.
El texto, que no entra en pormenores sobre el homicidio, nos cuenta que llegaron a esa localidad oficiales de la administración pública del condado a investigar lo sucedido y a recaudar el cobro, si lo hubieren menester, de las sanciones, multas o “caloñas” que La Nave debía pagar.
Nos proporciona con detalle los nombres de los llegados: Vela Ovecoz, el sayón real que gobernaba por la zona de Término (hoy Santa Gadea del Cid) y los merinos que le acompañaban, Braulio de Portilla y Gutierre de Bachicavo.
Tanto los sayones como los merinos, además de hacer cumplir las órdenes del rey y del conde, al ser agentes de la justicia y recaudadores de tributos se encargaban de la administración económica, judicial y financiera de un territorio. Por consiguiente, su presencia en el lugar parecía lógica.
Sin embargo no lo vieron así, las autoridades de la villa, don Nuño Alvarez de Mellietes y doña Justa de Maturana, que eran los regidores o “potestades” de la misma. Instruir y practicar el juicio, les competía a ellos porque Nave de Albura según dijeron tenía fuero de privilegio para los casos de homicidio y fornicación.
No era asunto por tanto de la incumbencia del sayón y los merinos administrar justicia en el hecho ocurrido en La Nave, puesto que según alegaron don Nuño y doña Justa, el fuero incluso impedía en tales sucesos la entrada en la villa del sayón real. Planteamientos que aquellos no admitieron.
Como las partes no se ponían de acuerdo al defender cada una lo que consideran su propio derecho, las autoridades de la Nave se alzaron en juicio contra los merinos y reclamaron una sentencia del conde Don Sancho García.
Acudió este conde, llamado el de los buenos fueros, a la localidad de Término, donde se celebró el esperado juicio, en concreto en la iglesia juradera de Santa Agueda. Allí prestaron juramento Don Nuño y Doña Justa manifestando por escrito que Nave de Albura siempre había gozado de su fuero.
El conde, teniendo por testigos a representantes judiciales de la zona territorial de Término y aceptando el solemne juramento de las autoridades de Nave de Albura, ratificó y confirmó aquel fuero local.
El Fuero de Nave de Albura es citado cuando se habla de la formación de los antiguos concejos que se fueron formando durante la Castilla Condal y su texto, junto con otras “cartas pueblas”, también denominadas “vecinales”, figura en el origen de las normativas locales por las que empezaron a gobernarse muchos pueblos y aldeas de aquella Castilla reconquistadora.
Pero ese hecho, aunque está en el origen de todo el proceso, es anterior a la causa principal de la ratificación del fuero. Porque su móvil fue la discordancia surgida respecto a la competencia judicial para esclarecer el caso.
El texto, que no entra en pormenores sobre el homicidio, nos cuenta que llegaron a esa localidad oficiales de la administración pública del condado a investigar lo sucedido y a recaudar el cobro, si lo hubieren menester, de las sanciones, multas o “caloñas” que La Nave debía pagar.
Nos proporciona con detalle los nombres de los llegados: Vela Ovecoz, el sayón real que gobernaba por la zona de Término (hoy Santa Gadea del Cid) y los merinos que le acompañaban, Braulio de Portilla y Gutierre de Bachicavo.
Tanto los sayones como los merinos, además de hacer cumplir las órdenes del rey y del conde, al ser agentes de la justicia y recaudadores de tributos se encargaban de la administración económica, judicial y financiera de un territorio. Por consiguiente, su presencia en el lugar parecía lógica.
Sin embargo no lo vieron así, las autoridades de la villa, don Nuño Alvarez de Mellietes y doña Justa de Maturana, que eran los regidores o “potestades” de la misma. Instruir y practicar el juicio, les competía a ellos porque Nave de Albura según dijeron tenía fuero de privilegio para los casos de homicidio y fornicación.
No era asunto por tanto de la incumbencia del sayón y los merinos administrar justicia en el hecho ocurrido en La Nave, puesto que según alegaron don Nuño y doña Justa, el fuero incluso impedía en tales sucesos la entrada en la villa del sayón real. Planteamientos que aquellos no admitieron.
Como las partes no se ponían de acuerdo al defender cada una lo que consideran su propio derecho, las autoridades de la Nave se alzaron en juicio contra los merinos y reclamaron una sentencia del conde Don Sancho García.
Acudió este conde, llamado el de los buenos fueros, a la localidad de Término, donde se celebró el esperado juicio, en concreto en la iglesia juradera de Santa Agueda. Allí prestaron juramento Don Nuño y Doña Justa manifestando por escrito que Nave de Albura siempre había gozado de su fuero.
El conde, teniendo por testigos a representantes judiciales de la zona territorial de Término y aceptando el solemne juramento de las autoridades de Nave de Albura, ratificó y confirmó aquel fuero local.
El Fuero de Nave de Albura es citado cuando se habla de la formación de los antiguos concejos que se fueron formando durante la Castilla Condal y su texto, junto con otras “cartas pueblas”, también denominadas “vecinales”, figura en el origen de las normativas locales por las que empezaron a gobernarse muchos pueblos y aldeas de aquella Castilla reconquistadora.
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