Se lo ha merecido. Por ganas, por juego, por ilusión, por creer en ellos mismos hasta el último segundo pero, sobre todo, porque ha sido el único equipo que ha puesto el fútbol en Anduva. Lo de esta tarde ha rozado lo épico. Los rojillos traían un 2-0 en contra de su paso por el Ramón de Carranza que pesaba como una losa, pero su total convencimiento de que en esta eliminatoria no estaba todo hecho le dio alas. Ni siquiera bajó los brazos tras el jarro de agua fría que supuso el 2-1 a falta de 18 minutos para el final. Nunca dejaron de creer en sí mismos e hicieron historia.
Todo salió bien. La salida de los jugadores fue recibida de forma inmejorable por una afición que ha llenado Anduva -4.633 espectadores- y que arrojó miles de papeles rojos para formar un buen espectáculo de color.
Los rojillos sabían que los primeros minutos del encuentro eran claves y que marcar al menos un gol antes del descanso les daría vida. Lo intentaron de todas las formas, pero el gol parecía resistirse. Los 45 primeros minutos fueron muy polémicos. Con un ligero dominio en los primeros minutos de los cadistas, los rojillos trataron de sacudirse la presión y, en una jugada de ataque, Pablo caía dentro del área pequeña en el 17'. Lo que parecía un penalti a todas luces acabó con una tarjeta amarilla al delantero burgalés, lo que enojó, y mucho, a la afición.
El Cádiz, sin hacer gran cosa, en su único acercamiento a puerta, lograba marcar el 0-1 en el 27' a través de Juanse, pero el tanto era anulado por el colegiado por un supuesto fuera de juego. Sin embargo, los mirandeses deberían haber aprovechado el momento de confusión, ya que el guardameta andaluz se fue de la portería y se lanzó hacia el público gaditano, dejando sola la portería cuando el balón era para los rojillos.
El partido fue un festival de no querer jugar por parte del Cádiz y aprovechaba cualquier instante para perder tiempo, tirarse al suelo, sacar los balones fuera, discutir acciones y no dejar que se jugara al fútbol. Y eso, al final tuvo su castigo. El hecho de creerse superiores con la ventaja del partido de ida provocó que lo pagaran muy caro. Parece que nadie les había advertido de qué era capaz el equipo de Pouso.
Justo cuando el colegiado estaba a punto de pitar el final de los primeros 45 minutos, un soberbio Alainel mejor jugador del partido, se encargaba de establecer un merecido 1-0 en el marcador. Había tiempo para soñar. La gesta era posible y el tanto llegaba en un momento psicológico vital (44').
En la reanudación todo Anduva creía en la victoria. No era para menos, Los rojillos se hicieron dueños y señores del partido y del balón mientras que el Cádiz seguía en su dinámica de perder tiempo y ceder el balón. No creían que la remontada fuera posible. Ni lo imaginaban. Hicieron mal. Iribas tuvo una ocasión tras otra (47' y 48') e incluso Pablo era derribado de nuevo en el área pequeña. El segundo tanto se veía venir de un momento a otro, estaba claro, era inevitable. Y llegó en una jugada extraordinaria de Iván Agustín con sombrero y túnel incluidos que pasó de nuevo a Alain y el mirandesista, de volea, marcó un gol antológico por toda la escuadra.
La eliminatoria estaba igualada y la actitud de un equipo y otro era tan distinta que parecía evidente que el partido se lo llevaba el Mirandés, sobre todo después de los balones que falló Mújika dentro del área. El más claro, en el 69', cuando solo, frente al portero, fue incapaz de marcar. Pero el fantasma de la mala suerte en Anduva volvió. La única jugada de peligro que tuvo el Cádiz en todo el segundo tiempo se convirtió en un buen tanto de Pachón en el 72', lo que le daba en bandeja de plata la eliminatoria. El Mirandés ahora sí que tenía que tirar de gesta y heroicidad porque debía marcar otros dos goles y mantener su portería inamovible.
Lo importante es que, llegados a este punto, creyó en sus posibilidades, más que cualquier aficionado y, gracias a su asfixiante dominio y ocasiones llegó el error rival. Baquero, en una jugada embarullada, acababa marcando en su propia puerta ante la llegada masiva de jugadores rojillos al remate en el 84'.
3-1 y aún quedaban seis minutos, ¿por qué no iba a ser posible?
Con todo el corazón y todo el equipo volcado en ataque, Pouso decidió darlo todo y metió a Candelas en el terreno de juego. Todo el arsenal disponible estaba sobre el césped de Anduva y funcionó. En el descuento y ante un Cádiz que ni quería el balón, ni jugaba Mujika refrendaba las ocasiones falladas con un gol que hace al Mirandés escribir una nueva página de oro en su historia.
El Mirandés sigue vivo y con la moral más alta que nunca. Por fin Anduva se convirtió en ese fortín que tanto necesitaba la afición y el rival pagó muy caro su actitud. Ahora, a esperar a su próximo rival.
Todo salió bien. La salida de los jugadores fue recibida de forma inmejorable por una afición que ha llenado Anduva -4.633 espectadores- y que arrojó miles de papeles rojos para formar un buen espectáculo de color.
Los rojillos sabían que los primeros minutos del encuentro eran claves y que marcar al menos un gol antes del descanso les daría vida. Lo intentaron de todas las formas, pero el gol parecía resistirse. Los 45 primeros minutos fueron muy polémicos. Con un ligero dominio en los primeros minutos de los cadistas, los rojillos trataron de sacudirse la presión y, en una jugada de ataque, Pablo caía dentro del área pequeña en el 17'. Lo que parecía un penalti a todas luces acabó con una tarjeta amarilla al delantero burgalés, lo que enojó, y mucho, a la afición.
El Cádiz, sin hacer gran cosa, en su único acercamiento a puerta, lograba marcar el 0-1 en el 27' a través de Juanse, pero el tanto era anulado por el colegiado por un supuesto fuera de juego. Sin embargo, los mirandeses deberían haber aprovechado el momento de confusión, ya que el guardameta andaluz se fue de la portería y se lanzó hacia el público gaditano, dejando sola la portería cuando el balón era para los rojillos.
El partido fue un festival de no querer jugar por parte del Cádiz y aprovechaba cualquier instante para perder tiempo, tirarse al suelo, sacar los balones fuera, discutir acciones y no dejar que se jugara al fútbol. Y eso, al final tuvo su castigo. El hecho de creerse superiores con la ventaja del partido de ida provocó que lo pagaran muy caro. Parece que nadie les había advertido de qué era capaz el equipo de Pouso.
Justo cuando el colegiado estaba a punto de pitar el final de los primeros 45 minutos, un soberbio Alainel mejor jugador del partido, se encargaba de establecer un merecido 1-0 en el marcador. Había tiempo para soñar. La gesta era posible y el tanto llegaba en un momento psicológico vital (44').
En la reanudación todo Anduva creía en la victoria. No era para menos, Los rojillos se hicieron dueños y señores del partido y del balón mientras que el Cádiz seguía en su dinámica de perder tiempo y ceder el balón. No creían que la remontada fuera posible. Ni lo imaginaban. Hicieron mal. Iribas tuvo una ocasión tras otra (47' y 48') e incluso Pablo era derribado de nuevo en el área pequeña. El segundo tanto se veía venir de un momento a otro, estaba claro, era inevitable. Y llegó en una jugada extraordinaria de Iván Agustín con sombrero y túnel incluidos que pasó de nuevo a Alain y el mirandesista, de volea, marcó un gol antológico por toda la escuadra.
La eliminatoria estaba igualada y la actitud de un equipo y otro era tan distinta que parecía evidente que el partido se lo llevaba el Mirandés, sobre todo después de los balones que falló Mújika dentro del área. El más claro, en el 69', cuando solo, frente al portero, fue incapaz de marcar. Pero el fantasma de la mala suerte en Anduva volvió. La única jugada de peligro que tuvo el Cádiz en todo el segundo tiempo se convirtió en un buen tanto de Pachón en el 72', lo que le daba en bandeja de plata la eliminatoria. El Mirandés ahora sí que tenía que tirar de gesta y heroicidad porque debía marcar otros dos goles y mantener su portería inamovible.
Lo importante es que, llegados a este punto, creyó en sus posibilidades, más que cualquier aficionado y, gracias a su asfixiante dominio y ocasiones llegó el error rival. Baquero, en una jugada embarullada, acababa marcando en su propia puerta ante la llegada masiva de jugadores rojillos al remate en el 84'.
3-1 y aún quedaban seis minutos, ¿por qué no iba a ser posible?
Con todo el corazón y todo el equipo volcado en ataque, Pouso decidió darlo todo y metió a Candelas en el terreno de juego. Todo el arsenal disponible estaba sobre el césped de Anduva y funcionó. En el descuento y ante un Cádiz que ni quería el balón, ni jugaba Mujika refrendaba las ocasiones falladas con un gol que hace al Mirandés escribir una nueva página de oro en su historia.
El Mirandés sigue vivo y con la moral más alta que nunca. Por fin Anduva se convirtió en ese fortín que tanto necesitaba la afición y el rival pagó muy caro su actitud. Ahora, a esperar a su próximo rival.























































